Está ya amaneciendo
Cerro de Cabeza del Mijo (Terrinches)
Año 1430 antes de Cristo.
Acababa de cumplir sus cinco primeros inviernos. La fiebre de las últimas jornadas había logrado consumir la carne de sus pómulos, arrimando la piel traslúcida a los ángulos de los huesos. Su vida, recluida en aquel brillo mortecino que se descolgaba de sus ojos -unos ojos que más que ver parecían imaginar ya un cercano descanso en las heladas entrañas de la Madre Tierra-, no tardaría en escabullirse por los resquicios que dejarían sus párpados al cerrarse por última vez. Su madre, acorralada por los empellones de la angustia, se agarraba a las manos del niño con la mirada velada por un espeso celaje de lágrimas. Afuera, el invierno se aprestaba a instalarse cómodamente en su blando lecho de nieve. Una nieve que, desde hacía ya tres días, abrigaba de tristeza las débiles techumbres de retama y cañizo de las cabañas, las rocas del cerro, las coscojas de las laderas y las macilentas encinas del valle. Cuando todo parecía perdido y el desenlace lógico de aquel injusto combate ?un combate entre las siempre anhelantes garras de la muerte y una vida lánguida que acababa de dar sus primeros pasos- podía palparse en la densa atmósfera que se coagulaba alrededor de los compungidos rostros de los presentes, un anciano de barba gris, rostro curtido y cuerpo fibroso apenas cubierto por una túnica de lana tan blanca como la nieve que reposaba sobre ella, apareció en el umbral de la puerta acompañado por un silencio enigmático que no consiguió sino sobrecoger mi corazón. La madre del pequeño que agonizaba sobre el jergón de carrizo y esparto, levantó su resignada mirada hacia el recién llegado y pude observar cómo un tímido claror de esperanza se deslizaba por los linderos de sus ojos. El anciano se arrodilló junto al niño y le palpó la frente, el cuello, el vientre y las axilas. Sin pronunciar palabra alguna, deshizo el nudo que cerraba una talega de piel de cabra que colgaba de su cinturón, extrajo un puñado de su contenido, lo mezcló con nieve limpia e introdujo la masa resultante en un cuenco de cerámica que puso a hervir sobre el hogar donde dormitaban unos rescoldos de lentisco. Luego cerró los ojos, extendió los brazos con las palmas de las manos orientadas hacia el cielo y comenzó a murmurar unas palabras ininteligibles mecidas por una melodía que parecía surgir de los adentros de su pecho. Yo sabía que estaba suplicando a los Dioses del Firmamento, de la Noche y del Invierno que tuvieran a bien salvar la vida de aquel joven mortal. Cuando terminó sus plegarias, retiró el remedio de la lumbre y lo dejó enfriar durante unos instantes. Colocó luego al niño en su regazo y fue administrándole el agua de cocción muy despacio, con un cariño casi paternal, acercando el borde del cuenco a sus labios temblorosos. Todos los presentes observábamos los movimientos del anciano con una especie de respeto innato, de admiración ancestral, de sumisión absoluta ante las fuerzas de lo desconocido, pues sabíamos que sólo él podía devolver la salud al muchacho. Sólo él, el viejo Terco, el hechicero, el intercesor ante los Dioses, el sacerdote de la tribu, era capaz, en conjunción con los poderes misteriosos que regían nuestros destinos, de restaurar el vigor de la vida al cuerpo del pequeño moribundo. Afortunadamente, Terco acababa de regresar de un largo viaje, de un solitario viaje de más de una estación por parajes ignotos. Un viaje imprescindible para surtir de raíces, hojas, semillas y tallos medicinales las vasijas que atesoraba en su cabaña. Un viaje necesario para salvaguardar, gracias a los remedios que sólo su memoria conocía, nuestro porvenir y el de nuestras escasas cabras.
Lo cierto es que dos amaneceres después, la cocción de hojas de fresno, frutos de saúco, corteza de sauce y agua de nieve elaborada por el anciano, devolvió el resplandor de la vida a los ojos del muchacho; el mismo brillo que se apresuró a instalarse también en la mirada agradecida de su madre.
Lo cierto es que dos amaneceres después, tomé la decisión más importante de mi existencia. La decisión que me convertiría en el alumno entregado, en el discípulo fiel, en la sombra siempre cercana del viejo Terco. En el único heredero de su inmensa sabiduría.
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El poblado se arracimaba en la cima del cerro de Cabeza del Mijo. Las cabañas ?zócalo de piedras trabadas con barro, tapial y techumbre de retama impermeabilizada con arcilla- se adosaban unas a otras en su afán por aprovechar el cada vez más exiguo terreno disponible. Una muralla de piedras mampuestas custodiaba viviendas, talleres, corrales y almacenes con sus dos pies de espesor y sus cinco de altura. Me tranquilizaba saber que, ininterrumpidamente, uno de nuestros guerreros controlaba desde esta atalaya privilegiada el nacimiento del río Guadalén, los angostos valles del arroyo Cervera y del Resquicio y los trajines de zagales y comerciantes por la estratégica vereda de los pastores Serranos. Una vereda que buscaba hacia el mediodía la Sierra Morena siguiendo el cauce, desde su alumbramiento, del río Dañador. Porque era en los valles que se derramaban desde las solanas de aquel macizo de cumbres atezadas donde yacían las menas de mineral de cobre y donde medraban los codiciados pastos invernales que escaseaban en los territorios del norte.
Amanecía tras la sierra del Relumbrar. Llevaba casi dos noches sin poder conciliar el sueño, pero no me importaba nada. Para un joven como yo, no podía haber nada tan importante como aquella expedición. Terco, esbozando una desconcertante media sonrisa, me había invitado a acompañarle en su inminente viaje a unas lagunas que, como si fueran nudos sucesivamente apretados sobre una cuerda de esparto, se descolgaban una tras otra en un espectáculo mágico de cascadas y rocas de cal, en una demostración inefable del poder de los Dioses, en una vorágine de belleza sobrenatural, allí, en un lejano paraje que el hechicero denominaba Ruidera. Aquella escapada me serviría para olvidar que eran tiempos difíciles. Apenas llovía y los cultivos se resentían ante la mezquindad del Dios de los Aguaceros. La próxima cosecha sería pésima, tan calamitosa como la del año anterior. Cada vez debíamos desplazarnos más al sur para pastorear a las cabras, adentrándonos en los barrancos de la Sierra Morena. Cada vez surgían más conflictos con las tribus vecinas. Manadas de lobos hambrientos merodeaban extramuros del poblado y era ya habitual que las partidas de cazadores regresaran con las manos vacías, unas manos sólo aferradas a los arcos y a todas las incertidumbres.
Finalizaba la estación del estío y todo estaba preparado para la emprender la marcha. Tras abrevar a los caballos, cargué los serones de esparto en sus grupas, me ajusté el puñal de bronce al cinturón y crucé el morral sobre mi pecho. Terco no parecía tener ninguna prisa. Observé cómo esperaba pacientemente el completo despertar del Dios del Sol; cómo movía los labios sin emitir sonido alguno, en una callada plegaria seguramente cuajada de perseverantes súplicas por el buen término de nuestra misión -el anciano estaba convencido de que la constancia lograba quebrar las piedras-; cómo alzaba el rostro hacia un horizonte de luces ocres y sonidos limpios para después hundirlo humildemente en el calvero de su pecho. Tomé el arco, anudé las flechas a mi cinturón y le sugerí delicadamente la conveniencia de partir cuanto antes. Terco pareció despertarse de un sueño profundo, puso la mano sobre mi hombro y comenzó a caminar utilizando como apoyo un bastón de madera de acebo. Tomamos la vereda de los Pastores Serranos hacia el este para, a la altura del cerro Castellanos, girar al norte por un bosquete cerrado de coscojas y acebuches. Seguimos las estrechas sendas labradas por las correrías nocturnas de los zorros hasta toparnos, hacia el mediodía, con la fuente de la Zarza *Santa Cruz de los Cáñamos, en cuyas aguas abrevaron los caballos. Tras reponer fuerzas con dos buenos filetes de tasajo de cabra, bordeamos el cerro de la Cabezuela, atravesamos el cauce del río Oregón por un vado de fango que servía de revolcadero a los jabalíes y alcanzamos las vertientes del cerro Travesas *Montiel. A los pies del cerro brotaba la fuente de la Bonilla y Terco decidió que el claro aledaño al manantial sería un buen lugar para pasar la noche. Hice fuego utilizando matas secas de tomillo y ramas de coscoja mientras el crepúsculo incendiaba de ocre y púrpura el horizonte tras la lejana sierra de Cabeza de Buey.
Me desperté con el rumor de las primeras luces del alba. La noche, rasa de nubes, había cubierto de rocío los campos, las crines de los caballos y las pieles bajo las que nos cobijamos para dormir. Preparé una estimulante infusión de bayas de agracejo acompañada por varias tortas de harina tostadas al fuego y embadurnadas de miel que merecieron los elogios del viejo hechicero. Emprendimos la marcha hacia el noroeste, bordeando el cerro de Cartisánchez y cruzando el agrietado cauce del arroyo del Toconar. Sin apenas darnos cuenta, el paisaje había ido mudando desde los quebrados territorios de arcilla desnuda y roca caliza del sureste hasta las amables ondulaciones - tierra bermeja abrigada de encinas y lentiscos- por las que ahora caminábamos. Las mimbreras y los fresnos que amparaban los ribazos del río Jabalón, nos recibieron con un estrepitoso batir de alas; las alas grises con franjas blancas de las palomas torcaces que huían de nuestra presencia hacia las serenas lomas del norte. Acompañamos al río aguas abajo, hasta encontrar un paso que nos permitió cruzar su cauce. Hacia el mediodía topamos con otra vereda de ganados que, según Terco, comunicaba también con los templados pastizales del otro lado de la Sierra Morena. Paramos a almorzar -las cuñas de queso curado de cabra me sabían a tomillo y a jara recién cortada- a los pies del cerro del Castillón *Villanueva de los Infantes, junto al nacimiento del arroyo de Peñaflor. Mientras Terco descansaba, yo me encaramé a lo alto del cerro. Allí yacían las ruinas de un poblado antiguo, humilde y seguramente sometido a las incertidumbres que vagaban por la vereda de ganados y a los peligros que se desplazaban por las riberas del Jabalón. Sus escasos habitantes debieron de estar especializados en trabajar la cuarcita y el sílex, pues sólo pude encontrar puntas de flecha, azuelas y hachas elaboradas con esos materiales. No conocían aún la fundición del cobre ni su aleación con el estaño para obtener el valioso bronce. La cerámica que se diseminaba por las laderas se reducía a pedazos descabalados de ollas, platos y cuencos. Comprobé la tristeza de sus tonos grisáceos, la ausencia de decoración externa y lo primitivo de su diseño. Intenté imaginar las duras condiciones de vida de los moradores de la aldea, con sus anticuados útiles de madera, de hueso y de piedra pulimentada, con sus menguados conocimientos sobre el cultivo de la tierra, sobreviviendo demasiado cerca de la miseria y de los riesgos inherentes al arte de la caza, alimentándose de bellotas, cardos, moras y espárragos silvestres. Intenté imaginar la razón del abandono del poblado -epidemias, hambre, quizá la guerra...-, pero en aquel momento la rasgada voz de Terco resonó en las vertientes del cerro y corrí a reunirme con él.
Las tardes eran ya más breves, así que apretamos el paso hacia el norte, con nuestros rostros enfrentados a las afiladas alabardas del cierzo, entre espliegos, retamas y acebuches, hollando olvidadas trochas de tierra roja y abrevando en la fuente del Toril para hacer noche junto al arroyo de la Cañada Grande* Fuenllana, sobre un valle de tierra albariza y matas de esparto que mi maestro llamaba Los Calares. Partimos de nuevo al amanecer. Antes del mediodía alcanzamos las frondosas márgenes del río Azuer * Actual Santuario de la Virgen del Salido. Término municipal de Montiel. Un próspero poblado se encastraba en el espolón rocoso que remataba el cerro aledaño al río. Un cerro que, casualmente, también se denominaba del Castillón. Terco guardaba, tras los recios muros de aquella aldea, la amistad de un hechicero apodado Maraño. Mientras los dos ancianos departían animadamente, yo vagabundeé por los entresijos del poblado, curioseando entre los telares, los apriscos, los silos del grano y los hornos de fundición, admirando sus curiosas ovejas de lana negra y la eficacia de los perros que las careaban. Después del almuerzo ?pierna asada de oveja y un generoso cuenco de gachas- y de una sentida despedida, decidimos combatir el sueño de la tarde marchando al encuentro con el río Cañamares *Carrizosa. Remontamos su curso para, a la altura de los Cerros de la Carrasca *Villahermosa, internarnos en un denso bosque de encinas y coscojas que nos conduciría, en dirección noreste, al arroyo de la Cañada de Pozo Hondo, mientras el atardecer se deshacía en nubes blandas teñidas de añil.
Ya estábamos muy cerca. Mañana mismo podríamos contemplar cómo el Dios del Sol emergía tras la Loma del Roble. Terco sonrió. Sabía que detrás de aquella loma se encontraba nuestro destino, la gran Laguna Blanca, la primera y más meridional de las lagunas de Ruidera. También sabía que en sus inmediaciones pobladas de sabinas, medraban las plantas medicinales con que llenaríamos los serones de los caballos.
Recogimos durante días semillas de lino blanco y frutos de saúco que secábamos al sol para evitar su enmohecimiento. Entre tanto trabajo, aproveché para empaparme de las enseñanzas del anciano. Con voz suave, me fue indicando las virtudes del torvisco como purgante, del tomillo para calmar la tos o del espino blanco como sedante. Las semillas de lino blanco poseían diversas aplicaciones: molidas con agua servían para hacer cataplasmas que curaban las úlceras y su aceite se utilizaba como laxante y para cicatrizar las quemaduras de la piel. Los frutos del enebro favorecían la eliminación de orina y, machacados convenientemente, podían curar la sarna de nuestras cabras. Nada parecía escapar a los conocimientos del hechicero. Jamás podré olvidar nuestro fugaz paso por La Jacidra, un poblado de agricultores que se levantaba sobre la vega del río Vado Blanco, muy cerca de la gran Laguna Blanca. Recogíamos hojas de salvia cuando, casi anochecido, escuchamos unos lamentos muy parecidos al sonido que el viento del invierno abandona al deslizarse por los desfiladeros de Sierra Morena. Corrimos hacia la primera de las cabañas de la aldea. En su interior, una chica de mi misma edad yacía sobre el suelo de arcilla, con la piel del rostro muy pálida y completamente bañada en sudor. Su madre se abrazaba a ella en un vano intento por calmar sus convulsiones. Un alacrán que no logró escapar a la mirada escrutadora de Terco, se cobijó en una de las grietas de la pared. El anciano actuó con la premura del Dios del Rayo. Abrió la piel alrededor de la picadura con un pequeño cuchillo de bronce y presionó con fuerza hasta hacer salir la sangre. Preparó un cocimiento de hojas de árnica, empapó con él un paño de lino y lo aplicó sobre la herida. El corazón de la muchacha palpitaba muy deprisa. El hechicero hirvió hojas de enebro y de salvia en aceite de avellana y administró el bebedizo a la joven. Terco no durmió aquella noche. Prefirió invertir su vigilia en algo más provechoso: suplicar por la vida de la enferma al poderoso Dios del Firmamento. A la mañana siguiente la fiebre y las palpitaciones remitieron. Terco repitió el tratamiento y, tres días después, la joven se recuperó por completo. Fue una experiencia fascinante.
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Hoy, demasiadas estaciones después de aquel primer viaje, he vuelto a recorrer las trochas, senderos y veredas que conducen a la gran Laguna Blanca. He bordeado el cerro de Travesas, vadeado el río Jabalón, soñado sobre un lecho de esparto en el poblado amigo del Castillón, marchado por las solanas de los Cerros de la Carrasca y, como entonces, no tardaré en deleitarme con el despertar del Dios del Sol tras la Loma del Roble.
Hoy, demasiadas estaciones después de aquel primer viaje, el anciano no ha podido acompañarme. Su cuerpo y su inseparable talega de piel de cabra reposan en el interior de una fosa sellada con la mayor laja de piedra arenisca que pudimos labrar en su honor, en honor del hechicero más sabio, del más carismático intercesor ante las voluntades de los Dioses que los moradores del poblado del cerro de Cabeza del Mijo hayan conocido jamás. Pero, afortunadamente, hoy tampoco camino solo. Me acompaña mi hijo, el vástago que la Madre Tierra quiso que mi mujer -la muchacha a la que mi maestro salvó la vida en la aldea de la Jacidra-, y yo engendráramos para salvaguardar todo el conocimiento que el anciano tuvo a bien legarme. Con la voz quebrada por la emoción y la mirada hincada en un horizonte herido ya por las luces del crepúsculo, mi hijo Terco me toma de la mano para decirme:
- Mire padre, está ya amaneciendo...
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